¿Podemos regular nuestras emociones?

La percepción antecede y condiciona la acción, pero no lo hace directamente, sino que lo hace mediante un poderoso agente que es la emoción. Esta palabra deriva de emovere, que en latín quiere decir «poner en movimiento». La emoción pone en movimiento tanto las funciones internas del organismo como el comportamiento externo.

Aunque hasta hace muy poco tiempo las emociones eran ignoradas por la ciencia, porque parecían demasiado subjetivas y no se podan medir, ahora son uno de los asuntos más interesantes dentro de la neurociencia.

Lo cierto es que cada emoción tiene una utilidad, donde es beneficiosa, pero también tiene su peligro de arrastrarnos hacia comportamientos inadecuados. Además, no podemos olvidar que las emociones proporcionan riqueza a nuestra experiencia vital.

Como no se puede evitar sentir una emoción determinada, y reprimirla o negarla no es una buena solución, ¿qué podemos hacer? Pues aprender a expresarlas de manera adecuada y regularlas.

La regulación de las emociones empieza con una declaración. Sentir las emociones, cualesquiera que sean, siempre es sano; forma parte de la realidad de ese momento y nos da una información valiosa. Sin embargo, el sentirlas no significa obedecer a su dictado; el comportamiento es la clave, y es aquí donde aplicamos la regulación.

Podemos decir que la regulación emocional es el proceso por el cual un individuo influye en cómo siente las emociones, cuánto duran, cómo se viven y cómo se expresan. Es un proceso dinámico con retroalimentación en el cual podemos aplicar distintas estrategias, según la personalidad, la emoción y el contexto, como se recoge a continuación:

  1. Orientando la atención (distracción, atracción o rechazo) son estrategias sencillas que se basan en la orientación de la atención respecto al origen de la emoción, con el fin de regularla. Por ejemplo, mirar o no hacia un accidente de coche que la emoción aumenta o disminuya.
  2. Con acciones concretas, como rituales, música o procedimientos que están aprendidos para evocar un estado emocional determinado. La música litúrgica está diseñada para coordinar las emociones de los feligreses durante la eucaristía. Los toreros tienen una serie de rituales que les ayuda a mantener la concentración y la conservación de un estado emocional óptimo. También ocurre con los deportistas, como tenistas o golfistas. Hay profesionales que establecen rituales propios que les dan un equilibrio mental antes de enfrentarse a situaciones difíciles.
  3. Mediante cambios cognitivos. Estas estrategias están orientadas a reencuadrar el acontecimiento mediante una percepción alternativa, relativizando o aceptando el hecho. Por ejemplo, la aceptación de sucesos negativos cuando hay una convicción religiosa (“si Dios lo ha querido, será por algo”) o agnóstica (“la vida no te da lo que quiere, sino lo que necesitas”). En ambos casos la convicción hace que la rabia o la tristeza ante un acontecimiento desagradable disminuya, lo que afecta positivamente a la salud.
  4. Mediante conciencia plena. Esta estrategia consiste en regular la fuerza de la emoción enfocando la atención en las sensaciones del cuerpo o en la respiración, sin dejarse arrastrar por el torrente de pensamientos relativos a un asunto. Para ello hay que ver la emoción como algo que forma parte de mí, pero con una distancia prudente, puesto que uno no es la emoción. La actitud adecuada en la de hacerse cargo de la emoción, pero reconociendo su naturaleza cambiante y transitoria.

La Regulación Emocional: Aprendamos a manejar nuestras emociones

 

Ángeles Benítez Rey

Psicóloga de la Salud de Grupo DICTEA