Una reflexión del libro «Mundo Volátil» de Francesc Torralba

Vivimos unos tiempos en los que se producen cambios constantemente, de forma, que difícilmente se mantienen los valores, los ideales, las teorías, y ni siquiera, las instituciones.

Lo nuevo, lo que surge, por su propia naturaleza de novedoso, es aún impreciso, informe e inestable. Triunfa lo efímero, lo actual, lo inmediato (pensemos por ejemplo en el éxito de algunos tuits o en los vídeos virales). Vivimos momentos de incertidumbre en todos los campos: en política, en la moda, en economía, en lo social y en las relaciones interpersonales.

Los modelos de funcionamiento varían continuamente y es difícil precisar hacia donde nos llevan: los jóvenes saben que no van a permanecer mucho tiempo en el mismo trabajo, no tenemos seguridad hasta cuando se va a poder disfrutar de pensiones, se incrementa el número de separaciones de pareja e incluso es preciso varias elecciones para poder conformar un gobierno. En este escenario de la globalización, todo se difunde de forma inmediata, tiene repercusión mundial, muere, desaparece y se sustituye por algo nuevo, actual. El estado de provisionalidad hace que se dificulte la previsión del futuro.

La incertidumbre nos provoca miedo a lo desconocido, angustia vital y desazón. Complica la toma de decisiones y hace preciso una mayor autoconfianza, tolerancia a la frustración y actuar desde la audacia y la flexibilidad. La volatilidad en la que estamos instalado hace que tenga sentido el desasimiento, no agarrarnos inútilmente a lo que va a desaparecer.

Ante fenómenos que ocurren en la actualidad: terrorismo internacional, amenaza de cambio climático, aparición de retrovirus que afectan a grupos numerosos de población, debemos buscar la fórmula para afrontar la incertidumbre en la que nos vemos inmersos. El ser humano, necesita para su desarrollo integral, de seguridad y estabilidad. La incertidumbre quiebra el orden, y sin éste es difícil alcanzar la paz interior.

Ante lo inmediato, lo accesible y lo rápido, debemos practicar valores como la espera, la paciencia, la lealtad. Debemos gestionar el tiempo: para pensar, para reflexionar. Dejar que el cerebro se tome su tiempo para aprender y realizar las conexiones adecuadas. Estar atento a lo que ocurre a nuestro alrededor, al otro. En definitiva, moverse al compás con el otro, que no es otra cosa que conmoverse.

           

           

Rafael Alonso Guerra.

Psicoterapeuta. Grupo Dictea.